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Ingenioso en lugar de sin palabras: por qué las mejores respuestas siempre se te ocurren demasiado tarde

¿Te ha pasado alguna vez? Alguien dice algo tonto, inapropiado o simplemente descarado y tú te quedas ahí. En silencio. Hierviendo por dentro, paralizado por fuera. Y no es hasta por la noche, en el sofá, cuando ya hace tiempo que todo ha terminado, cuando se te ocurre la réplica perfecta.

Eso no es un signo de debilidad. Es algo humano. Pero no tiene por qué seguir siendo así.

¿Por qué nos quedamos sin palabras en el momento decisivo?

La razón por la que la capacidad de respuesta rápida nos falla tan a menudo tiene poco que ver con la inteligencia. Tiene mucho que ver con lo que ocurre en nuestra mente cuando nos sentimos afectados emocionalmente.

En el momento en que alguien nos pilla con un comentario tonto, nuestros pensamientos se precipitan inmediatamente hacia el exterior: ¿Qué pensará ahora de mí? ¿Pareceré malhumorada si le respondo? ¿Es eso lo que quería decir realmente? Y precisamente esos tres segundos, los únicos tres segundos en los que aún es posible dar una respuesta ingeniosa, se han esfumado. Perdidos. Gastados en darle vueltas a las cosas en lugar de actuar.

Esto nos pasa especialmente a las mujeres. No porque seamos menos ingeniosas, sino porque tendemos más a tomarnos las cosas como algo personal, a leer entre líneas las críticas y a preguntarnos cómo se interpretarán nuestras palabras antes incluso de haberlas dicho.

El instinto de complacer a los demás: cuando la amabilidad se convierte en una trampa

Detrás del silencio suele esconderse algo más: el profundo deseo de caer bien. No queremos molestar, que nos consideren malhumoradas, ni que alguien se enfade con nosotras. Y así nos lo tragamos, seguimos sonriendo y no decimos nada. O decimos algo tan edulcorado que no surte ningún efecto.

El problema no es el deseo de armonía en sí mismo. Está muy bien preocuparse por los demás y querer que las personas de tu entorno se sientan a gusto. La trampa surge cuando empiezas a sentirte responsable del bienestar de los demás a costa de tus propios límites.

Un buen ejemplo de ello: imagínate que organizas una fiesta. Te planteas qué podría gustar a todos, qué les gusta a todos, qué quieren todos. Pero, ¿qué hay de lo que tú quieres? Quien siempre piensa primero en los demás, acaba perdiéndose de vista a sí mismo. Y eso es precisamente lo que ocurre también en las conversaciones en las que, en realidad, deberíamos defender nuestros propios intereses.

Establecer límites antes de que estalle la situación

Hay otra razón por la que a veces se percibe a las mujeres como personas que reaccionan de forma exagerada o como «furias», y eso no tiene nada que ver con su temperamento. Muchas de nosotras no establecemos límites con la suficiente antelación. Toleramos, guardamos silencio, lo aceptamos. Y, en algún momento, tras la décima o la vigésima vez, todo sale a borbotones. De forma ruidosa, violenta y, para los demás, aparentemente de la nada.

Sin embargo, la solución no consiste en controlarse más. La solución consiste en reaccionar antes. Una frase tranquila y clara en el momento adecuado evita que luego se produzca un gran estallido. «Ahí has traspasado uno de mis límites. Te pido que no vuelvas a hacerlo». Eso no es una agresión, sino autoprotección. Quien establece pequeños límites con regularidad, no tiene que librar grandes batallas.

La agudeza verbal no es un ataque, sino una forma de defenderse

Aquí hay un malentendido importante: tener agudeza verbal no significa menospreciar a los demás ni querer tener la última palabra a toda costa. Se trata de algo mucho más fundamental. Se trata de a quién le permites que te haga perder tu valioso tiempo con discusiones.

Quien es capaz de hacer caso omiso de un comentario estúpido, con un «¡Venga ya!» dicho con naturalidad o con una frase tranquila y clara, se protege a sí mismo. Mantiene el control de la situación, en lugar de dejarse llevar por ella. No es una cuestión de temperamento. Es una cuestión de actitud. Y la actitud se puede entrenar.

El tono es lo que da vida a la música

Muchas mujeres saben perfectamente lo que quieren decir. Simplemente se contienen por miedo a parecer malhumoradas o susceptibles. Sin embargo, lo decisivo no es el contenido, sino el tono.

Quien esté en paz consigo mismo y tenga una imagen estable de sí mismo puede decir las mismas palabras y que estas suenen con seguridad en lugar de con malicia. El tono de voz es el resultado de cómo te ves a ti mismo. Por eso, la verdadera agudeza verbal no empieza con una frase ingeniosa, sino con el trabajo sobre la propia imagen de uno mismo.

Y sí: incluso una mujer con réplica rápida puede pedir perdón. Si alguna vez se ha pasado de la raya, el humor ayuda: «Perdón, vuelvo a entrar. Dejo fuera a la bruja, pero mantengo lo que he dicho».

El silencio puede ser la respuesta más contundente

No todas las situaciones requieren una réplica. A veces, el silencio es la reacción más acertada. Pero hay una diferencia abismal entre el silencio sereno y el silencio perplejo.

Quien guarda silencio porque está escuchando, porque está evaluando la situación, porque está decidiendo si realmente es necesario responder, transmite fuerza. El cuerpo también habla: postura erguida, mirada serena, respiración relajada. Eso no es rendirse. Es tener el control.

Quien, por el contrario, guarda silencio porque le faltan las palabras, porque está perpleja o porque no sabe cómo reaccionar, transmite un mensaje totalmente diferente. Precisamente por eso merece la pena practicar el silencio con seguridad, al igual que el discurso.

Tres consejos que realmente ayudan

1. Trabaja en tu autoestima: la capacidad de réplica empieza en casa, delante del espejo. Quien se mira a sí mismo solo con una visión negativa tiene heridas abiertas, y cada comentario estúpido echa sal en ellas. Cuanto más sólida sea tu autoestima, menos te afectará lo que digan los demás.

2. Parte de lo mejor y mantén la atención: la agilidad verbal es una forma de presencia de ánimo. Quien escucha, está presente y no tiene la mente puesta ya en la siguiente preocupación, reacciona con mayor rapidez y claridad. Quien parte siempre de la base de que los demás tienen buenas intenciones, en caso de duda llega incluso a tomar un insulto como un cumplido y, de este modo, se mantiene intocable.

3. Ten preparadas algunas respuestas estándar: a veces ni siquiera hace falta decir nada ingenioso. Un simple «¡Vaya!» o un tranquilo «Tengo que pensármelo un momento» mantienen la situación abierta sin que te comprometas. Estas pequeñas frases te dan tiempo para ordenar mentalmente lo que realmente quieres decir, sin perder el control de la situación.

Cuando ya nada funciona: hablar sin rodeos

La agudeza verbal también tiene una dimensión social. En tiempos en los que las simplificaciones populistas cobran cada vez más fuerza y, a veces, se acepta sin más la injusticia, ya no basta con dar una respuesta amable y evasiva. A veces hay que hablar claro, tanto para uno mismo como para los demás.

Quien vea que a una compañera le faltan las palabras en ese momento, puede intervenir. Quien observe que se está traspasando un límite, puede señalarlo.

La agilidad mental no es algo prescindible. Es una herramienta de resiliencia para el día a día, el trabajo y la vida.

¿Te ha picado la curiosidad? ¡Pues escucha «Glow Up Your Life»!

Si quieres saber más sobre la agudeza verbal, la autoestima y el valor para hablar claro, no dudes en escuchar el último episodio de Glow Up Your Life . En él, Katja Burkardt habla con Nicole Staudinger sobre lo que nos deja sin palabras a las mujeres en los momentos decisivos y cómo podemos cambiarlo. Con humor, profundidad y más de una reflexión que te hará pensar durante mucho tiempo. Encontrarás información sobre todos los demás episodios y sobre el podcast en la sección «Overview».

Nicole Staudinger es la formadora en réplica rápida más conocida de Alemania, autora de nueve éxitos de ventas, conferenciante de primer nivel y presentadora de televisión. Desde hace más de doce años, forma a mujeres —desde directivas hasta políticas, pasando por astronautas— para que se comuniquen con claridad, establezcan límites y mantengan la seguridad en sí mismas. Lo que la diferencia de muchas otras formadoras es que su enfoque sobre el tema no se ha desarrollado en el aula, sino en plena vida real. Un diagnóstico de cáncer de mama a los 32 años cambió radicalmente su visión de la capacidad de réplica, alejándola de la réplica ingeniosa y orientándola hacia la decisión consciente de a quién dedicar el propio tiempo de vida.

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