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Aprovecha tus emociones, encuentra la paz: lo que tus emociones realmente quieren decirte

La ira es un sentimiento del que muchos preferimos deshacernos rápidamente. Nos la tragamos, nos convencemos de que no fue para tanto… o acabamos explotando en algún momento, casi siempre en el momento y el lugar menos oportunos. Sin embargo, la ira no es ni un signo de debilidad ni de falta de autocontrol. Es una señal poderosa e importante, y merece la pena prestarle atención.

Wut no es una enemiga, es una embajadora

La ira forma parte de las llamadas «emociones primarias». Es una emoción estimulante, dirigida hacia el exterior, y surge siempre que se traspasa un límite. Quien aprende a percibir la ira como tal obtiene información valiosa: «Algo no va bien. No voy a permitir que me traten así. Ya no quiero seguir así».

En este sentido, es importante distinguir entre ira y agresividad: la ira es un sentimiento, mientras que la agresividad es un comportamiento. Si no se reconoce ni se controla la ira, esta puede convertirse en agresividad. Ya sea hacia el exterior (rabietas, agresiones físicas) o hacia el interior (autocrítica, aislamiento, frustración, depresión).

¿Por qué las mujeres suelen reprimir su ira con especial frecuencia?

Ya desde pequeñas, muchas de nosotras aprendemos: «No te pongas así. Contrólate. Sé buena». A los niños pequeños se les permite gritar de vez en cuando, pero a las niñas se les tacha rápidamente de histéricas o de exageradas.

Esto tiene consecuencias: quien aprende desde pequeño a reprimir la ira no desarrolla una forma sana de gestionarla. Esa energía no desaparece sin más, sino que se vuelve contra uno mismo. De ahí surgen la autocrítica, la inseguridad y la sensación de ser siempre demasiado o nunca lo suficiente.

Especialmente durante la menopausia, esta ira reprimida suele salir a la superficie, agravada por los cambios hormonales. Lo que entonces se percibe como una agresividad incontrolable no suele ser más que el agotamiento, la impotencia y la necesidad de establecer límites reales acumulados durante años.

¿Qué se esconde realmente detrás de la ira?

La ira suele ser un sentimiento enmascarado. A menudo se esconden tras ella:

  • Impotencia: no sé cómo reaccionar de otra manera

  • Duelo: hay algo que me duele, pero no sé cómo llamarlo

  • Impotencia: me siento indefenso o como si no me escucharan

  • Agotamiento: he aguantado demasiado durante demasiado tiempo

¿Qué nos hace sentir más vivos que el duelo? Por eso preferimos recurrir a él. Pero si comprendemos lo que hay detrás, podremos reaccionar de forma mucho más específica y cambiar realmente las cosas.

Microagresiones: esas pequeñas flechas que hieren profundamente

No toda la agresión es ruidosa y evidente. Las microagresiones son pequeños golpes, a menudo inconscientes, que se producen en el día a día. Un comentario que resulta extraño, una observación que no se acaba de entender del todo, pero que deja una sensación incómoda.

Ejemplo: «Vaya, qué mal aspecto tienes». O bien: «Te comportas como si tuvieras 16 años». Dicho con una sonrisa, pero en el fondo esconde una crítica.

El primer paso más importante es tomarse en serio esa sensación de malestar. Y luego preguntar con calma: «¿A qué te refieres con eso?» O simplemente: «Eso me afecta ahora mismo». No es un ataque, sino una percepción sincera.

La ira como motor: cuando nos impulsa en lugar de frenarnos

La ira también puede ser constructiva. Puede impulsarnos a cambiar las cosas, a señalar los abusos y a pasar a la acción, ya sea en el ámbito laboral, en las relaciones personales o en la sociedad. Detrás de muchos cambios sociales se esconde una ira sana y bien orientada.

La diferencia entre la ira productiva y la destructiva radica en si encontramos una buena forma de canalizarla. Correr, boxear, escribir, gritar… Todo ello puede ayudar a descargar esa energía sin hacer daño a los demás ni a nosotros mismos.

3 microhábitos para gestionar mejor la ira

Los pequeños hábitos, si se llevan a cabo con constancia, pueden marcar una gran diferencia. Aquí tienes tres pasos sencillos:

  1. Haz un balance periódico de cómo te sientes. Ponte una alarma tres o cuatro veces al día. Cuando suene: haz una breve pausa, respira hondo y pregúntate: «¿Cómo me encuentro en este momento?». Suena sencillo, pero es eficaz. Quien se toma un momento para reflexionar con regularidad, detecta antes la ira que va surgiendo y puede controlarla antes de que estalle.

  2. Reflexión vespertina: Dedica unos minutos por la noche a reflexionar sobre el día. ¿Qué te ha molestado hoy? ¿En qué momentos has notado una sensación de malestar? ¿Qué te has callado? Esta pequeña mirada hacia tu interior actúa como una válvula de escape: la tensión interna se va disipando antes de que se convierta en un problema.

  3. Percibir las señales corporales. La ira se manifiesta físicamente: calor en la cara, tensión en la mandíbula, habla más rápida. Quien aprenda a reconocer estas señales a tiempo podrá tomarse un respiro antes de que la situación se agrave.

Comunicación no violenta: mensajes en primera persona en lugar de reproches

Si alguna vez la situación se ha complicado y es necesario tener una conversación, el principio de la comunicación no violenta resulta de gran ayuda. La clave: hablar de uno mismo, no juzgar al otro.

En lugar de: «Me has hecho daño», es mejor decir: «Me dolió cuando pasó eso. Me siento así… y me ayudaría si...».

Esta forma de comunicarse fomenta la conexión en lugar de la confrontación. Ofrece al interlocutor un espacio para abrirse, en lugar de que se ponga a la defensiva.

Pedir perdón es una muestra de fortaleza, no de debilidad.

Si nos hemos pasado de la raya: vale la pena pedir perdón. No solo por la otra persona, sino también por nosotros mismos. Es un acto de responsabilidad personal: soy consciente de lo que ha pasado. Lo siento. Voy a trabajar en ello.

Quien tiene dificultades para pedir perdón suele lidiar con un problema de autoestima, con la sensación de menospreciarse a sí mismo o de quedar en evidencia. Sin embargo, ocurre todo lo contrario: quien es capaz de pedir perdón demuestra fortaleza interior.

¿Y perdonar? Es un proceso que requiere el tiempo que sea necesario. Pero eso no significa que tengamos que olvidar. Porque también el recuerdo de lo que nos ha hecho daño nos protege.

Escúchalo: el podcast del episodio

Si quieres profundizar en el tema, no dudes en escuchar el último episodio «Aprovechar la ira, encontrar la paz» de Glow Up Your Life. En él, Katja Burkardt habla con Miriam Junge sobre la ira, la agresividad, las microagresiones y la comunicación no violenta, de forma abierta, sincera y con muchas ideas prácticas para el día a día. Además, aquí encontrarás todos los demás episodios en el resumen general.

Miriam Junge es psicóloga titulada, psicoterapeuta, coach y escritora. En su trabajo, ayuda a las personas a comprenderse mejor a sí mismas, a identificar viejos patrones y a relacionarse con mayor seguridad consigo mismas y con los demás. En su libro «Pequeños pasos con gran impacto», muestra cómo los microhábitos ayudan a afianzar cambios duraderos en la vida cotidiana, paso a paso.

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